(Por Don Renegón) “Papá, debuta Argentina y quiero tener todo lo de la Selección porque nos juntamos con los chicos”. La frase de la “bendición” sonó fuerte y generó un debate hogareño tan polémico como una declaración jurada de un funcionario en campaña.

- Don Renegón: ¿Qué es “todo”, hija querida?

- Hija: Camiseta, vuvuzela, bandera, piluso, bufanda, pinturas para la cara... Todo, papá, todo.

- Don Renegón: Paráaa... Antes que nada, ¿para qué querés todo eso?

- Hija: Ay, papá... Con las chicas nos vamos a juntar a las siete para producirnos y después vamos a hacer videos para TikTok, fotos para Instagram y estados para WhatsApp.

- Don Renegón: ¿Y el partido lo van a ver en algún momento?

- Hija: Mirá, no te hagás el pícaro. Agradecé que no vamos a un bar porque además me tendrías que dar plata para gastar... No te quejés.

Cuando la discusión empezaba a tomar temperatura, apareció la madre, la apañadora serial. Como si fuera una mediadora de Naciones Unidas, propuso una salida familiar para darle el gusto a la “nena”. ”Gordo, tenés que entender que todos pasamos por esa edad. Va a ser su primer Mundial como adolescente”, acotó. Argumento sólido y bajo. También una amenaza directa al aguinaldo, que todavía no se cobró y ya está completamente gastado.

Primer golpe

La “bendi”, como toda adolescente que se respete, fue directo a un local donde vendían la camiseta oficial de la Selección. Allí estaba. Impoluta. Con las tres estrellas, el logo del Mundial y toda la mística de la Scaloneta. Brillaba. Hipnotizaba. Enamoraba.Hasta que vi el precio. $219.999. Una locura. Son más de 12 kilos de carne, casi 63 kilos de pan, 58 cortados en jarra con los changos y unas cinco excursiones de pesca a Santiago del Estero. Ahí nomás se me escapó un lagrimón.

Sin embargo, al observar mejor el cartel, descubrí que tenía otro precio: $181.199. El alivio llegó de golpe. Duró exactamente unos minutos.

- Don Renegón: Buenassss... Quería consultar por el precio de la camiseta.

- Empleado: Sí, señor. Esta es la original. La misma que usarán Messi y compañía. Una belleza.

El vendedor, que merece un bono especial por su capacidad para seducir clientes, comenzó a enumerar detalles técnicos, materiales inteligentes, tecnología textil y vaya uno a saber cuántas maravillas más. A esta altura, mi auto parecía una carreta romana.

- Don Renegón: Mirá vos... Qué linda. Pero vamos a los bifes: ¿cuánto cuesta?

- Empleado: Sólo $219.999. Está en promoción.

- Don Renegón: Qué suerte que tenemos... (Ahí recibí el primer codazo).  ¿Y el otro precio? ¿Es por pago de contado o una cuota?

- Empleado: No, señor. Ese es el valor sin impuestos.

- Don Renegón: No se habla más. Vendémela en negro. No tengo ningún problema.

- Empleado: No, señor. No se puede.

- Don Renegón: ¿Y qué gana el consumidor con esa diferenciación? Parece más una confusión que una ayuda. (Segundo codazo).

- Empleado: La idea es mostrar el peso de la carga impositiva.

- Don Renegón: Ahhh... Ahora entiendo. Ustedes transparentan la presión fiscal y destruyen la ilusión de los clientes. (Tercer codazo).

- Empleado: Disculpe, señor. El local está lleno. ¿La va a comprar?

- Don Renegón: No, papi. Tenía muchas ganas, pero no puedo poner en riesgo la economía familiar por una camiseta. Es más, no estoy seguro de que Messi pueda comprarla.

Segundo golpe

Salí del local con dignidad. O al menos eso intenté. La “apañadora” y la “bendición” caminaban detrás mío emitiendo comentarios que decidí ignorar por razones de salud mental. Ni siquiera la promesa de un desayuno logró mejorar el clima. Finalmente llegamos a un bar y firmamos un acuerdo de paz. Ellas irían a buscar los accesorios mundialistas. Yo las esperaría tomando café.

Media hora después volvieron. Cuando las vi aparecer cargando varias bolsas, sentí que la billetera empezaba a rezar.

- Hija: ¡Papá! ¡Conseguimos todo!

- Don Renegón: ¿Qué es “todo”?

- Hija: Camiseta trucha: $20.000. Vuvuzela: $7.000. Piluso: $10.000. Copa de plástico: $6.000. Bandera: $12.000. Pinturas para la cara: $8.000. (Después de una pausa triunfal) Gastamos menos de $65.000 porque el vendedor ambulante me hizo descuento.

- Don Renegón: Y era lo mínimo que podía hacer ese hombre si le salvaste el día...

- Madre: Pará un poco. Dejá de renegar cinco minutos.

- Hija: ¿No estás feliz con todo lo que te hicimos ahorrar?

- Don Renegón: La verdad, no (las dos me miraron sorprendidas). Ahora entiendo por qué el comerciante formal se está fundiendo. No puede competir con la presión impositiva ni con el avance del truchaje. Vine a comprar una ilusión mundialista y terminé haciendo un análisis económico. Tengo ganas de llorar.

Hasta la próxima renegada.